Dicen que 2026 será el año de la vuelta a lo analógico.
Que regresan los auriculares con cable, las cámaras de fotos, los cassettes, las televisiones con vídeo incorporado. Que nos cansamos de lo inmediato, de lo inalámbrico, de lo efímero. Que, después de años corriendo hacia delante, empezamos a mirar atrás buscando algo que se nos perdió por el camino.
No sé si será una moda, una nostalgia colectiva o una necesidad real.
Pero sí sé que algo se está moviendo.
Volver a lo analógico no es renunciar a la tecnología. Es recuperar el tiempo, el proceso, la espera. Es volver a tocar las cosas, a escucharlas sin interrupciones, a mirarlas sin filtros. Es rebobinar una cinta sabiendo que ese gesto también forma parte de la experiencia.
Y quizá, en el mundo digital, un blog sea hoy lo más parecido a eso.
Este espacio no es analógico, ni mucho menos. Está en internet, vive en una pantalla y necesita conexión. Pero dentro de esta locura de redes sociales, de algoritmos, de vídeos de siete segundos y opiniones que duran lo que tarda el dedo en deslizar, un blog puede ser el equivalente moderno a sentarse a escribir con calma.
Aquí no hay prisas.
No hay que condensar una idea en quince segundos.
No hay que gustar a todo el mundo ni seguir tendencias.
Aquí se puede pensar, equivocarse, extenderse, volver atrás.
Hace años este blog era una parte muy importante de mi vida. Aquí hablaba de viajes, de planes con niños, de momentos cotidianos, de cambios, de miedos, de etapas que se cerraban y otras que empezaban. Escribía porque me apetecía, porque lo necesitaba, porque era una forma de ordenar todo lo que llevaba dentro.
Con el tiempo llegaron las redes sociales. Y con ellas, otras formas de contar, de compartir, de mostrar. Más rápidas, más visuales, más inmediatas. También más exigentes. Más ruidosas.
Y sin darme cuenta, lo dejé pasar de largo (pandemia mediante, que también ayudó)
De contar las historias completas.
De dejar las ideas reposar.
En estos años, además, mi vida también ha cambiado. Mi familia no es la misma que cuando escribía aquí con frecuencia. Ahora somos más. Tengo una hija más y somos una familia numerosa, con todo lo que eso implica: más ruido, más logística, más cansancio… y también más historias, más aprendizajes y más momentos.
Ahora, cuando se habla de volver a lo analógico, siento que este puede ser el momento perfecto para volver también aquí. No para abandonar nada, sino para complementarlo. Para tener un lugar donde todo lo que hago, todo lo que pienso, todo lo que vivo, pueda quedarse escrito sin fecha de caducidad.
Este blog no sé de que es ya.
No es de viajes.
Ni de maternidad.
Ni de trabajo.
Ni de reflexiones.
Será, como siempre fue, un reflejo de mi universo en este momento de mi vida.
Habrá textos más personales. Pensamientos que no caben en un post corto. Historias que necesitan contexto. Experiencias que merecen ser contadas despacio. Porque no todo tiene que ser consumido rápido. No todo tiene que ser resumido. No todo tiene que ser optimizado.
A veces solo hace falta un lugar donde escribir sin ruido alrededor.
Quizá 2026 sea el año de volver a escuchar música con cable porque suena diferente.
De hacer fotos sabiendo que no las verás al instante.
De grabar algo que no se puede borrar con un clic.
Y quizá también sea el año perfecto para volver a darle vida a algo con lo que disfruté tanto.
A escribir sin algoritmo.
A compartir sin urgencia.
A quedarme un poco más tiempo en cada palabra.
Aquí no hay prisa.






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