Durante mucho tiempo no pude conducir. Y no era el coche o la carretera.
El miedo vivía dentro de mí.
Podía volar a miles de metros de altura con calma profesional y sostener situaciones complejas con serenidad. Y, sin embargo, hubo una época en la que sentarme al volante era, simplemente, imposible.
Ese miedo no solo me paralizaba a mí: también condicionaba mi vida y por supuesto mi maternidad.
Con la pandemia de 2020 aparecieron nuevos retos y no podía seguir no conduciendo, la realidad es que me aterraba, lo que para algunos era algo tan sencillo como quien se sienta en el sofá de casa, a mi me dejaba noches sin dormir, temblores y agujetas por todo el cuerpo de la tensión que me generaba, pero no quería seguir instalada en esa inseguridad, debía vencerlo.
Y lo vencí…
Pero todavía había algo que me aterraba: meter a mis hijas conmigo en el coche. No era solo mi miedo, era el peso de sentir que ponía en riesgo lo que más quería.
Hubo un día que probé, un día normal, un día de planes con amigas e hijas.
Y lo hice. Y volvimos sanas y salvas.
Y algo se movió dentro de mí, algo se re colocó, algo sanó.
Y por fin, empecé a llevarlas conmigo a mil sitios. Viajes largos que antes ni me habría planteado. Planes con otras amigas y sus hijos, castillos, playas, pueblos, otras ciudades, rutas que miraba con respeto y aún así tomaba, se abría ante mi un mundo de posibilidades.
Recuerdo conducir embarazada, con esa mezcla de vulnerabilidad y determinación.
Y recuerdo pinchar una rueda, el sonido, la pérdida por unos segundos del control del coche, pero lo bien que pude manejar todo y parar en un lugar seguro.
Ahí estaba yo, con mis dos hijas, embarazada de la tercera, un montón de maletas y el coche detenido en el arcén.
Y no me desmoroné. Respiré, llamé, esperé y resolví. Y, ¿sabes qué? ¡¡todo salió bien!!
Ese día entendí algo que me cambió:
no necesitaba controlar todo para estar a salvo.
Necesitaba confiar en que sabría sostenerme cuando las cosas no salieran como esperaba.
Después nació mi hija pequeña. Y conducir con ella recién nacida me daba pavor, el mismo que sentía las primeras veces con sus hermanas mayores.
El primer trayecto fue una batalla interna enorme.
Ella detrás, sus hermanas también, y yo al volante temblando por dentro, pero confiando, confiando que una vez lo hice y podría volver a hacerlo.
Y efectivamente, lo volví a hacer
...y otra vez... y otra... y otra...
...Hasta que un día ya no temblé.
Con el tiempo, empecé a ir solo con ella, las dos solas. Pequeños trayectos primero, luego más largos.
Y ahí descubrí otra capa de mi transformación:
conducir dejó de ser un reto y se convirtió en un espacio de libertad íntima.
La música, la carretera, mi respiración, ella durmiendo detrás.
Un mundo que antes me encogía ahora me expandía.
Lo último que me ha pasado ha sido quedarme tirada, no una, dos veces en la M-30.
Antes, eso habría sido mi peor pesadilla.
Habría entrado en pánico (que un poco entré), me habría bloqueado, echado a llorar y esperar que alguien me sacara de allí (que igualmente así tuvo que ser), habría jurado que “esto confirma que no puedo conducir”
Pero ya era diferente esta vez, respirar, mantener la calma (dentro de lo posible) y mismo procedimiento: llamar y esperar.
No es que dejara de tener miedo. Es que ese miedo ya no mandaba en mi. Mandaba yo sobre él.
Ahí comprendí que lo que había cambiado no era mi habilidad al volante, que la realidad es que (salvo aparcar en determinados sitios) nunca había sido mala.
Había cambiado mi relación conmigo misma.
Aprendí que podía enfrentar imprevistos sin derrumbarme.
Que podía sentir miedo y aun así seguir.
Que mi vida no tenía que reducirse para protegerme.
Hoy conduzco y mi vida es otra.
No solo porque me muevo más, yo mismo me veo de diferente manera.
Antes mi mundo era estrecho por protección, ahora es amplio por elección.
Conducir me ha enseñado más de mí que muchas otras experiencias “importantes” de mi vida:
- Me enseñó a no exigirme perfección.
- A no necesitar garantías para avanzar.
- A tolerar la incomodidad sin paralizarme.
- A confiar en mi capacidad de resolver.
- He crecido.
- Y, sobre todo, me enseñó algo muy profundo: que mi miedo no define mi capacidad ni mi destino.
Cuando voy sola en el coche y suena mi música, o cae el atardecer, o la lluvia cubre el cristal, sonrío sin darme cuenta, no porque haya conquistado nada grandioso (aunque para mi sí lo es), sino porque recuperé algo esencial:
la sensación de que mi vida vuelve a moverse conmigo,
a mi ritmo, con mi respiración y mi verdad.
Pienso en todas las mujeres que, como yo, han ido haciendo su mundo más pequeño por un miedo que pesaba demasiado y el miedo a nombrarlo. (se llama amaxofobia, el miedo irracional a conducir, y se puede vencer)
Y desde mi experiencia, no como consejo sino como vivencia, quiero decir algo que nace de lo que he atravesado:
no hace falta vencer el miedo para vivir mejor.
Basta con dejar de dejarle decidir por ti.
Si estás leyendo esto y hay algo (aunque parezca pequeño) que está mandando en tu vida, quizá solo puedas mirarlo con honestidad y cariño.
Tu mundo puede volver a abrirse.
Poquito a poco, con decisiones cotidianas que te devuelven a ti misma.
Y cuando eso ocurre, no solo cambian tus rutas.
Cambias tú por dentro: te vuelves más libre, más segura y más fiel a quien eres.
Y un día te miras y te reconoces otra vez.





Publicar un comentario
Gracias por tu comentario, nos ayuda a crecer