Hace unos días entré en una tienda buscando una cosa cualquiera y me encontré con las primeras decoraciones de Halloween.
Era agosto.
Fuera seguía haciendo calor. Todavía quedaban tardes de piscina, cenas en la terraza, helados, maletas sin deshacer y días de verano por vivir. Pero, dentro de la tienda, el verano ya había terminado. Los bañadores ocupaban un rincón de rebajas y las estanterías ya estaban llena de calabazas, velas oscuras y colores de otoño.
Aunque, pensándolo bien, el otoño ya había llegado mucho antes. En julio empezamos a ver jerséis, tonos marrones, mantas y colecciones para una temporada que todavía quedaba bastante lejos. Ahora, en agosto, le toca aparecer a Halloween. Y en septiembre, cuando aún estemos estrenando curso y tratando de recuperar la rutina, comenzarán a asomarse los primeros adornos de Navidad. Y en navidad veremos las primeras cosas de San valentín.
Después llegará enero con Carnaval y Pascua, antes de que hayamos recogido del todo el árbol. Luego la primavera en pleno invierno, el verano cuando todavía llevamos abrigo… y vuelta a empezar.
Vivimos siempre una estación por delante.
La sensación constante de llegar tarde
El problema no es que alguien tenga ganas de otoño en agosto o empiece a pensar en la Navidad en septiembre. A mí me encanta el otoño. Disfruto de sus colores, sus planes, sus historias y todo lo que trae consigo. Y precisamente por eso me da pena convertirlo en algo que hay que consumir deprisa antes incluso de que llegue.
Porque este adelanto continuo no solo cambia los escaparates. También cambia la forma en la que vivimos el tiempo.
De repente sentimos que vamos tarde para todo.
Si en agosto no has comprado la decoración de otoño, parece que te has despistado. Si esperas a octubre para buscar algo de Halloween, muchas cosas ya están agotadas. Si quieres comprar adornos navideños durante los días de Navidad, descubres que las tiendas ya están liquidando lo que queda para dejar sitio a la siguiente campaña.
Y acabamos haciendo cosas antes de tiempo, no siempre porque nos apetezcan, sino por miedo a quedarnos sin ellas.
Compra ahora. Resérvalo ya. No esperes. Últimas unidades. Prepárate para lo siguiente.
Incluso el ocio termina pareciendo otra lista de tareas que debemos completar a tiempo: preparar la casa para el otoño, encontrar el calendario de Adviento, comprar los regalos, reservar los planes, hacer las fotos, vivir “la temporada” y compartirla antes de que las redes sociales hayan pasado a la siguiente.
Cuando llega el momento de verdad, muchas veces ya estamos cansados de él.
El calendario de las tiendas no es el nuestro
Las campañas comerciales necesitan adelantarse. Cuanto antes empieza una temporada, más tiempo hay para venderla. Y nosotros hemos terminado aceptando ese calendario como si fuera el calendario de la vida. Pero no lo es.
El verano no termina porque una tienda retire los flotadores. El otoño no empieza cuando aparecen las primeras tazas con calabazas. Y la Navidad no debería comenzar cuando alguien decide colocar una estantería de espumillón al lado del material de la vuelta al cole.
Una cosa es anticipar algo con ilusión y otra muy distinta vivir bajo una urgencia fabricada.
La anticipación también puede ser bonita. Pensar en una estación que nos gusta, imaginar planes o guardar una idea para más adelante forma parte de la ilusión. Lo que resulta agotador es sentir que tenemos que correr para comprar, preparar y vivir algo antes de que el mercado decida que ya ha pasado.
Nos han acostumbrado tanto a mirar lo siguiente que parece que disfrutar de lo que tenemos delante es quedarse atrás.
Todo empieza a durar mucho y, a la vez, nada dura lo suficiente
Es una contradicción extraña. Las temporadas comerciales empiezan cada vez antes y, sin embargo, sentimos que todo pasa más rápido.
El otoño puede durar cuatro meses en los escaparates, pero cuando llega octubre parece que ya vamos tarde. La Navidad ocupa tiendas y redes durante semanas, pero los días verdaderamente navideños se nos escapan entre compras, compromisos y preparativos. El verano empieza en abril en las campañas publicitarias y, en agosto, ya nos están diciendo que se acaba.
Todo dura muchísimo como producto y muy poco como experiencia.
Quizá por eso tenemos la sensación de que los años vuelan. Todavía estamos viviendo una cosa cuando ya se nos invita a pensar en la siguiente. Apenas hay pausas. No existe ese pequeño espacio entre temporadas en el que una termina, la echamos de menos y empezamos a desear la que viene.
Ya no esperamos. Nos adelantan constantemente la siguiente pantalla.
Y vivir así cansa. Nos mantiene en una especie de prisa silenciosa, con la cabeza siempre unos pasos por delante del cuerpo. Estamos en agosto pensando en octubre; en octubre organizando diciembre; en diciembre haciendo propósitos para enero. Mientras tanto, el día que tenemos delante ocurre casi sin que lo miremos.
Recuperar el derecho a esperar
No creo que la solución sea ponerse normas rígidas ni decidir cuándo puede empezar cada persona a disfrutar de algo. Si a alguien le hace feliz colocar el árbol en noviembre, estupendo. Si otra persona quiere alargar el verano hasta el último día, también.
Se trata de poder elegir sin sentir que llegamos tarde.
De comprar algo cuando realmente lo necesitamos y no tres meses antes por miedo a que desaparezca. De dejar que una estación conserve algo de novedad. De no convertir cada época del año en una carrera de consumo, preparativos y contenido.
Y, sobre todo, de volver a mirar el momento en el que estamos.
Todavía es verano. Todavía quedan días largos, luz hasta tarde y planes que no necesitan una calabaza ni una manta para ser especiales. El otoño llegará, y yo seré la primera en disfrutarlo.
Pero cada cosa tendrá su espacio.
No quiero vivir octubre en agosto ni diciembre en septiembre. No quiero que me convenzan de que voy tarde cuando la estación ni siquiera ha empezado. Y no quiero pasarme la vida preparando lo siguiente mientras se me escapa lo que está sucediendo ahora.
No necesito llegar antes a todas partes.
Quiero estar donde estoy mientras todavía está ocurriendo.







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